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UDO + Primal Fear + Bullet (Crónica) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Unai Endemaño   
Martes, 11 de Febrero de 2014 20:22


Mucho respeto merecen los que atravesaron las épocas de vacas flacas, sin bajarse del burro metálico sobre el que siempre han andado apoyados. Me refiero a los veteranos que conocieron el éxito que los ochenta otorgaron a todo lo que olía a Metal clásico y  continuaron su andadura hasta el nuevo siglo, luchando a menudo contra la indiferencia que trajeron ciertas modas, tocando en salas de aforo reducido y  manteniéndose sin soltar el cuchillo de entre los dientes. Udo Dirkschneider es un ejemplo que encajaría bastante bien con la elevada casta de músicos a la que nos estamos refiriendo, aunque también podríamos mentar en similares términos a Matt Sinner o a Ralf Scheepers, otro par de fajadores curtidos en mil y un desengaños.

Principalmente por todo esto alegraba llegar hasta la Santana y  encontrarse un ambiente de gala, propio de citas que se recuerdan años después mientras ojeas el taco de las entradas, con cantidad de gente apurando el cigarro antes de que Bullet comenzasen. Habían tocado ya Messenger por desgracia, aunque un par de profesionales nos asegurarían que nuestra perdida no habría sido como para lamentarse en exceso. Parece ser que estos alemanes de irrisorio nombre no habían sido capaces de colocar el listón demasiado alto, para los suecos que arrancaban a continuación.

Lo harían sin prolegómenos de por medio, sonando simples y pretendidamente emotivos, desplegando una pegada que poco se esperaban los que habían aparecido sin los deberes hechos de casa. Su puesta en escena recordaba sin remisión a la de los primerisimos Accept, aquellos que iban canturreando por medio mundo lo de “I´m a Rebel”, aunque enchufados con parte de la magia australiana que destilan gente como Airbourne. Poderío rítmico supremo era el que demostraban Bullet, repartiendo trallazos breves y concisos como “MIdnight Oil” o “Turn it up Loud”, haciéndonos doblar el esqueleto bastante antes de lo que habíamos augurado. 

Tras el mencionado inicio a cara de perro, se marcarían un tempranero interludio que remataron con una nueva vuelta triunfal al poco de haberse marchado. Daba la sensación de que pretendían despegar el concierto con cada pieza que se marcaban, como si la intensidad fuese la razón última de su existencia, mostrándose rocosos y ajenos a todo lo que escapase del dos por cuatro, con un cantante carismático de cojones y un par de guitarras que sabían como plantarse delante de las cámaras de fotos. 

Meterían la quinta marcha en "Dusk Till Dawn", al tiempo que el voceras pronosticaba una fiesta hasta la madrugada y la banda continuaba impactando con vehemencia. Al poco que su rotundidad no conseguía noquearnos sin embargo, apreciábamos las enormes carencias como músicos que pesan sobre Bullet, contando con unos interpretes que saben como ejecutar certeramente lo que tienen planeado, pero que en cuanto carecen del respaldo que les proporciona el colectivo , se les ve cojos y faltos de brillo.

Buen regusto dejarían de todos modos estos heavies de John Smith perenne cuando zanjaban su comparecencia con “Bite the Bullet”. Clavaron sobre la sala su himno personal, afilando guitarras y mostrando el nombre del corte escrito en las retaguardias de los instrumentos. Fue una manera de despedirse un poco Spinal Tap, pero absolutamente justificada dentro de lo que habíamos contemplado. 

 La espera quedaría en cosa de unos pocos minutos, los justos y necesarios como para agrandar un poco el escenario y otorgar galones a Primal Fear. No recibirían de todos modos las mismas consideraciones que más tarde se le entregarían a Udo Dirkschneider, los de  Scheppers oficiarían de hermanos pequeños con derecho a piruleta, pero sin las ventajas de jugar con los mayores. Saldrían en cualquier caso como estrellas para los que allí nos encontrábamos, con Ralf luciendo fachas de portero de discoteca mientras atronaba el “Final Embrace” a todo trapo. 

El musculoso cantante dejaría aparcado el impermeable una vez hubo entrado en calor y dibujaría su famosa estampa, remarcando la temperatura con un par de cortes sucesivos. “Alive and On Fire” por un lado para presentar su nuevo trabajo y “Nuclear Fire” a continuación repescando los mejores años de la formación hasta nuestros días. El fuego nuclear se personaba sobre la Santana, dando inicio a la metódica exhibición de ingeniería metálica alemana.

Mientras los focos perseguían al cantante en estos instantes de la actuación, en la otra esquina del cuadrilátero, lejos del centro pero aun siendo el líder en la sombra, Matt Sinner sonreía y se acercaba al micro todo lo que le permitía el guion. La demostración de Metalazo sin adulterar estaba siendo sobresaliente a pesar de que el sonido estaba por mejorar, faltaba nitidez y sobraban efectos vocales pero la experiencia iba quedando creíble. 

Hacía bastantes años que no tenía a la banda delante y me sorprendió lo bien que conservan el filo que antaño desplegaban, continuando con su política de no inventar absolutamente nada en el proceso, pero con la solvencia que denotan los casi veinte años que atesoran, actuando con una soltura que brilla especialmente sobre los que peinan canas. De esta manera encendían el recinto, para introducirlo en noche cerrada un instante después, apoyados sobre la épica de “One Night In December”, con la que conseguirían uno de los momentos más redondos de la velada.

Proseguirían remitiéndonos a su lado más lineal, el que suele ser comparado con los Judas por motivos evidentes, para cascarse un “Unbreakable Pt2” que me supo a poco después de lo acontecido. La onda se mantendría con “When Death Comes Knocking” la cual propiciaría el cabeceo popular e indiscriminado, nos acordaríamos del Mark I de Gamma Ray gracias a lo sinuoso y reptante de la pieza en cuestión. Meteríamos el turbo con el fulgurante inicio de “Chainbreaker”, observando como el corte se ha convertido en todo un himno con los años, pero lamentándonos de que Ralf ya no pueda cantarlo como lo hacía el pasado siglo, sin apoyarse cada dos por tres en los capotes del público. 

Dejábamos de recordar nuestra adolescencia para que nos mentasen aquello tan manido de que, las mejores baladas, siempre fueron las heavies, así de melosa sería la presentación de “Fighting the Darkness” aunque la interpretación sería digna y efectiva. Regresaríamos al desmelene con “Bad Guys Wear Black”, convertida en piedra angular del repertorio inexplicablemente y obviando a muchos otros trallazos de la discografía alemana que hubiesen merecido ser interpretados. Sirvió en cualquier caso para presentar a los componentes y dejar que la peña se rompiese las manos dando palmas. Restaría “Metal Forever” tan solo para concluir con el trámite metálico, un corte en el que Ralf volvería a abusar del reverb para llenar los huecos que van quedando por el camino, de la misma manera artificial en la que está grabado y tan cortante como se lo permitieron sus pulmones.

Bastante antes de lo que nos imaginábamos echaron la persiana, interpretando unos cuantos temas menos de los que han estado metiendo en su reciente gira alemana y afirmando que no serían nada sin nosotros, el público. Quedarían triunfales en la retina de todos modos, imperfectos si nos ponemos puntillosos, pero ganadores de una pelea en la que difícilmente podían haber sido derrotados. 

El intermedio entre telonero y cabeza de cartel se alargaría un poco más de lo preciso en esta ocasión, dándonos tiempo a tomar un trago entero, ir al baño y pasar un buen rato de charleta con los amigos. Llegaríamos al foso justo cuando las luces se estaban apagando y Udo surgiendo ante nosotros con la misma planta que lleva mostrando durante sus casi cuarenta años de carrera. Resoplando, andando a pasitos y con su inimitable estampa de veterano resabiado.

Los momentos iniciales se los apuntaría su nuevo “Steelhammer”, con “King of Mean” haciendo la transición hasta el primer clásico del recital, un “Future Land” que sonaba a gloria melódica. Otorgando importancia a uno de los albums más queridos del alemán y mostrando lo bien que han envejecido algunas composiciones. Similares estructuras eran usadas en “A Cry of a Nation”, donde ya comenzábamos a alucinar con las piruetas que se marcaba la pareja de guitarras con que cuenta la formación. Los dos nuevos integrantes, Andrey Smirnov por un lado y Kasperi Heikkinen por el otro, acabarían siendo la gran sorpresa de la velada, ambos mostrando un poderío técnico impecable y definitivo.

Continuando con la curva ascendente, “Heart of Gold” y “They Want War” nos dejarían relamernos con otro par de cortes históricos para el señor Dirkschneider, el primero divertidísimo a pesar de que en alguna parte cantase demasiado lo que iba disparando, y el otro con el público supliendo a los niños que coreaban en la original. No había duda de que queríamos guerra y “Never Cross My Way” comenzaría a instaurarla, metiéndole calor a una noche bilbaína que estaba a punto ponerse a cantar en el idioma de Cervantes. 

Al grito reivindicativo de “Basta Ya”, Udo trataba de canturrear en español macarrónico, con letras sencillas e ideas solidarias inundando la Santana 27. Mucho más acertada sonaría sin embargo “In The Darkness”, semejante a cualquier historia contada por un utópico abuelo militar, plena de emotividad crepuscular y arrebatadoras cadencias marciales. Cambiando el punto de vista a continuación, me veía a mí mismo hace muchos años ya, disfrutando de “No Limits” en los tiempos en los que la sala Jam de Bergara era nuestro templo de peregrinación favorito. Así me trascurrió el corte que daba nombre al álbum del 98, con la nostalgia propia de quien grapa canciones con vivencias. 

Parecido resultado provocaría “Mean Machine”, de manera mucho más rotunda y dejando que las melenas se pusiesen a seguir el ritmo. Nos pararían en seco sin embargo, metiendo los solos de guitarra en medio del tema para cortar el rollo por lo sano, aunque finalmente acabaríamos con cara de merluzos ante la exhibición de la pareja de hachas. Se me haría demasiado largo y hubiese preferido que me lo cascasen durante “Metal Machine”, habría que responder si alguien tuviese la ocurrencia de preguntarnos. 

“Go Back to Hell” va enfilando la parte noble de la velada, raspando un poco menos de lo que hubiese deseado pero colocando al Animal House donde se merece. Lo más granado estaba por caer y solo nos restaba “Time Bomb”, antes de que todo explotase. Con una pequeña pausa de por medio, pero volviendo al poco para interpretar la inolvidable melodía de “Metal Heart”, Udo comenzaba a redactar el final de la fiesta. 

Asentíamos entonces ante la simpleza de una tonadilla escuchada mil veces, un solo central en el que siempre se debe tararear la melodía de Beethoven y un estribillo que levanta puños allí donde es entonado. Nunca puede fallar de la misma forma que “Balls to the Wall”, no puede resultar más rotundo por mucho que se lo proponga. Su cadencia ha fascinado a millones de heavilatas durante las últimas tres décadas y en la Santana 27 no estaba prevista ninguna excepción. Convenció a los presentes y les dejo listos para el último corte dispuesto, sin demasiada pompa y con la banda sabiéndose ganadora. 

“Fast As A Shark” arrancaba entonces con la mentirosa introducción infantil que la precede, arañándonos los tímpanos gracias al famoso grito que sale del fondo de la garganta del pequeño alemán. Sin trampas ni cartón, de la misma forma que había llevado a cabo en casi todo el recital, Udo interpretó el tema más famoso de Accept para deleite de los allí presentes. Historia viva de nuestro rollo en forma de canción atemporal y asesina, tan veloz como el tiburón al que se refiere y con todas las pelotas que el auténtico Metal necesita para funcionar.  Inmejorable manera de poner punto y aparte, sin dejar que nadie rechiste y mandándonos para casa con la sonrisa grabada en nuestras jetas.

 

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